22.6.10

Viaje Mental


Cada tanto la ciudad agobia. Sobredosis de grises: cemento, humo de colectivos, rostros, paredes, (mal)humores, incluso el tiempo...
Hay que buscar el color, tratar de pensar en los momentos en que nos conectamos con aquello que nos remite a nuestra esencia: la tierra. Sin tierra, no hay vida. No fuimos, no somos ni seremos.
Contemplar lo infinito del mar, lo inmenso de la montaña, nos hace humildes, pequeños, ínfimos. Respiramos otro aire, circula por todo nuestro cuerpo. Una gran bocanada de pureza que se mete y visita (con paz, mucha paz) a nuestras células.
¡Qué lindo!¡Qué lindo!
Así, atesoramos estos instantes en nuestra mente, recordando que en algún momento de nuestras vidas no fuimos nada y fuimos todo.

9.6.10

Del pasado al futuro

Revisando carpetas en la compu me encontré con este cuento que escribí hace unos años... Lo leo y siento una conexión inmediata, como si de alguna manera yo intuía algo...

...

   El vestido de terciopelo azul todavía le entraba y con los zapatos que Marina le llevó no tenía más excusas. Isabel recorría la habitación de un lado para el otro mientras se miraba al espejo. Sus senos, envueltos con aquella tela sintética, buscaban un poco de aire fresco. La misma frescura que le faltaba a su rostro, curtido por el tiempo. Sus piernas eternas demostraban el cansancio que arrastraba desde hacia más de tres años, pero lo que realmente asombraba a Isabel era la opacidad de sus ojos. Aquel brillo que la había acompañado casi toda su vida ya no estaba más. Quizá por eso se decidió a salir con Marina a aquella fiesta.


   Fumaba Marlboro tras Marlboro en el auto. Hacía más de un mes que su amiga la había invitado a esa reunión para presentarle a un compañero de trabajo y a Isabel le había costado decidirse. No había sido Pedro el mayor obstáculo, todo lo que había habido entre ellos había desaparecido mucho tiempo antes de que se separaran. Ni siquiera sus hijas habían pasado por su mente al momento de decidirse. Incluso Clara y Ana ya le habían insistido que saliera con sus amigas, que pasar las noches de fin de semana en la cama viendo películas no era lo que querían para ella. Nadie entendía que el máximo freno estaba dentro de ella, que lo que había sufrido durante los últimos años mientras veía a la muerte trabajar desde la primera fila había calado hondo en cada parte de su cuerpo. Sin embargo, allí estaba Isabel apagando el cigarrillo con la punta del su zapato, mientras Marina tocaba el timbre del quinto piso en el edificio de Montevideo y Arenales.

   Es un poco gracioso no saber el motivo de un festejo ni quién es el anfitrión, pero como ella era una simple acompañante tampoco tenía porqué saberlo. Mientras Marina le iba presentando a sus amigos del trabajo, Isabel ponía su mejor cara y asentía. Solo escuchaba a Ella Fitzgerald y a Louis Armstrong. “¡Cómo le gustaba esto a papi!”, pensó. Al mismo tiempo, veía a la gente mover sus bocas lo más grande posible, gesticular con sus cuerpos: sabía que estaban hablando pero para ella no decían nada. Isabel solo podía escuchar el jazz.

    “Todavía no llegó Juan Carlos, él siempre llega tarde pero ya vas a verlo. Te va a encantar, ni bien lo vea te lo presento.”, la interrumpió Marina. Isabel la miró y asintió con la cabeza. Ya las voces y las risotas de aquella gente volvían y la música quedaba como una decoración de fondo. Buscó una copa de champagne y se sentó en uno de los sillones. No supo calcular cuánto tiempo había estado allí, hundida en aquel sillón. Observó todo el cuarto: la comida , si podía llamarse comida ya que eran canapés que quien sabe que salsas tenían o qué era esa cosita verde que se veía por encima de algunos, se paseaban en bandejas por todo el salón. Las mujeres decoradas a rabiar con los vestidos ajustadísimos, la pintura y la laca que las mantenían inmutables, duras. “Bueno, así será la elegancia” pensó Isabel y tomó el último trago de bebida que quedaba en su copa. Los hombres con sus copas de brandy, fumaban cigarros, parados en pose. Seguramente charlaban de esas cosas que no le importan a nadie pero que siempre salen a flote en este tipo de reuniones, solo para pasar el rato y después poder volver a casa y tener a quién criticar durante la semana.

    Isabel fue a buscar otra copa. “Ahí estas nena, ¿dónde te habías metido? No te veía por ningún lado. Ya llegó Juanca, dale, vení que te lo presento antes de que lo agarren las otras arpías” le decía Marina mientras la arrastraba del brazo. Isa ya se había olvidado de que su amiga le tenía alguien en vista y que se lo quería presentar. Ella siempre había considerado tan idiota eso de presentar a dos personas. “ X este es Y mi amigo de tal lado. Y este es X mi amiga de la que te hablé”. ¡Qué tontería!, pero ahí estaba paradita enfrente del famoso Juan Carlos mientras Marina decía la típica frasecita.

    Sin disimulo, guiñándole un ojo a ambos, Marina se retiró a conversar con otro grupo de personas. Luego de la presentación, Juan Carlos comenzó un monólogo interminable acerca de su trabajo, cómo su jefe lo trataba como un esclavo, que nunca nadie lo había respetado en toda su vida, que su madre lo había obligado a estudiar para ser contador público, que ella era la culpable de todos sus problemas y que si él hubiera tenido una figura paterna fuerte en su vida quizá su jefe no lo estaría tratando como un trapo de piso. Isabel lo miraba, asentía y sonreía de la misma manera que lo venía haciendo durante toda la noche. Cada tanto miraba de reojo la puerta del departamento y cada vez que la veía la puerta crecía. Parecía que la estaban inflando como un globo que en cualquier momento iba a estallar. Isabel comenzó a desesperarse y a mirar a todos en la habitación. Nadie parecía darse cuenta que la puerta en cualquier momento estallaría en pedacitos. Juan Carlos, a quien hacía varios minutos le había dejado de seguir el hilo de la conversación, seguía hablando. Isabel no sabía que hacer para evitar lo inevitable, encima comenzó a sentir que el aire no lograba llenar sus pulmones. “Disculpame, tengo que pasar al toilette en un ratito vuelvo”, lo interrumpió Isabel.

   Ya en el baño, se lavó las manos y la cara y pudo comenzar a respirar lentamente. Se miró al espejo y se acordó de su padre. Recordó su infancia junto a él cuando le contaba de su sueño de ser como Holden Caulfield, el protagonista de una famosa novela de Salinger. Su papá siempre le repetía que iba a ser el encargado de evitar que Isabel entrara al mundo de los adultos, los falsos e hipócritas. Mientras vivió pudo hacerlo. Cuando ella lo miraba sus ojos brillaban y sentía que la felicidad pura era posible. Volvía a ser la niña que fue, su bebé. Y lo único que logró separarlos fue la muerte. Y allí estaba Isabel, frente al espejo, dándose cuenta que ese brillo en sus ojos jamás volvería.

    Isabel encendió un cigarrillo y dispuso a ponerle la cara, otra vez, al estúpido de Juan Carlos. Después le contaría de él a Marina en el viaje a casa.

                                                                                                            Sol Montero, Septiembre 2007  

8.6.10

El comienzo...

Comunicarse implica compartir un pedacito del alma. 

       Lecturas                                                                                                         Charlas
                                                                                 Miradas
                                    Silencios
                                                                                                                 Gestos
      Movimientos
                                                      Palabras
                                                                                                                                   Caricias
                                                                                              Golpes
                       Bailes
                                                                                                                Insultos
                                                                Gritos
                                                                                                            Llantos
   Cantos
                                                                          ...
Nos pasamos la vida comunicando. Ponemos en contacto nuestra esencia con esencias de otras personas.  Y vivimos.