Poco recuerdo de aquella calurosa noche en el bar de la calle Suipacha. Las razones de por qué me encontraba en ese lugar de mala muerte parado al lado de la barra se han escapado de mi memoria. Lo primero que se me viene a la mente y dispara algunas imágenes de lo vivido, son las gotas de sudor que recorrían mi rostro para luego estrellarse en el piso de parqué.
- Siéntese caballero, acompáñeme con un trago. Luce sediento. - me dijo un hombre vestido con una chaqueta verde y un pantalón color crema.
- ¡Uh! Otro borracho más que necesita desahogar sus penas con algún boludo despistado. Encima este debe estar medio pirucho, con ese uniforme militar, ¡¿no se caga de calor?! –pensaba mientras el hombre de rasgos duros me miraba fijamente.
Me senté y acepté su compañía. Por qué lo hice, no lo recuerdo. Solo sé que a partir de ese momento comenzaron una serie de balbuceos e incoherencias por parte de ese hombre que para mí no tenían ningún sentido. Esto último iba a aparecer cuando volviera a mi casa a la mañana siguiente.
- Yo no me arrepiento, no me arrepiento de nada. Estábamos en guerra… y aunque el director de la orquesta se encontraba en el exterior, él era quien armaba todo. No lo bancó, no lo bancó… – dijo y pidió las bebidas.
Así inició la conversación, o mejor dicho, el monólogo. Parecía que se justificaba de algo, como que debía ciertas explicaciones a alguien. Yo no era ese alguien.
Tomé el trago de una vez. El alcohol me quemaba la garganta, pero ni se acercaba al calor que sentía dentro de ese bar. Miré al costado: el hombre no sudaba, parecía que no sentía nada y que su cuerpo se había acostumbrado a no sentir nada. Su mirada perdida parecía estar enfocada en otro momento, en otro lugar.
- Volvería a San Luis… pero ya es tarde… lo tendría que haber hecho cuando ese hijo de puta comenzó con las preguntas... no porque era culpable, no hubo culpables, era una guerra - murmuró.
- ¡Pobre milico, piró!- pensé.
Ni me molesté en preguntarle de quién hablaba. Pedí otro trago. Yo no soy de tomar mucho alcohol, pero el calor agobiante me había despertado una sed terrible. Así, al rato de llegar a ese lugar mi borrachera era importante. Las palabras de ese hombre no me importaban, no quería saber más nada de él, pero continuó tratando de explicar algo que parecía inexplicable.
- Yo era el jefe. Di la orden, era lo que había que hacer… eran nuestros enemigos. Ya sé que le dije a Rodríguez que los llevara a un descampado, pero el idiota no pudo con todos. Se le escaparon algunos. Me jodió. Por eso aparecieron las preguntas de ese periodista y con ellas surgieron las respuestas… ¡¿Para qué tantas preguntas?! - dijo exaltado.
Creo que esas fueron las últimas palabras que me dijo. No lo interrogué, no quería ver qué respuesta podía darme. Repito: me pareció que buscaba justificarse de algo, aunque repetía todo el tiempo que él no era culpable, que no habían sentenciado su culpabilidad. Para mí era todo lo contrario. Ese hombre buscaba respaldarse en una guerra, justificándose con ella, no porque quería sino porque algo lo obligaba a hacerlo.
Me mareé y se me revolvió el estómago. Sentí ganas de vomitar. No era el alcohol, era el haber estado no sé cuánto tiempo al lado de ese hombre que transmitía una energía turbia, oscura. Le dije que me iba y le di el dinero de los tragos. No lo aceptó. Me parece que creyó que, de esa manera, saldaba una deuda conmigo por haberlo escuchado.
Al salir por la puerta, el encargado del bar me dijo:
- Todas las noches lo mismo. Agarra a algún despistado y balbucea exactamente las mismas cosas. ¡Qué guerra ni qué ocho cuartos! Ese tipo es un hijo de puta. Un asesino. Yo lo banco acá porque el tipo a mí no me jode con sus cosas y paga cada uno de los tragos que toma. Y la plata no viene mal en esta época de ajustes, vio. La Justicia no lo habrá condenado, pero por suerte Walsh se encargó de que supiéramos quién fue realmente este Fernández Suarez. Esta condenado de por vida este milico.
Ahí entendí todo. Salí del bar. Una ventisca me refrescó. Respiré profundo. Se me fueron las ganas de vomitar. Alguien había hecho justicia.
Sol Montero (Agosto 2010)
25.8.10
9.8.10
Vigencia... todos somos receptores y emisores, por una red comunicacional multidireccional
"Cadena Informativa es uno de los instrumentos que está creando el pueblo argentino para romper el bloqueo de la información. Cadena Informativa puede ser USTED MISMO, un instrumento para que usted se libere del terror y libere a otros del terror. Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. DERROTE AL TERROR. HAGA CIRCULAR ESTA INFORMACION"
Rodolfo Walsh, "Crónica del Terror". Informe número 1, diciembre de 1976, de Cadena Informativa. Compilado por Horacio Verbitsky (1985).
Rodolfo Walsh, "Crónica del Terror". Informe número 1, diciembre de 1976, de Cadena Informativa. Compilado por Horacio Verbitsky (1985).
5.8.10
Al costado del camino
El miedo no existe... Lo que a veces sucede es que creemos tener miedo, cuando no nos animamos a enfrentar algo. El miedo apaga a la curiosidad.
Ser curiosos nos lleva a DEScubrir los colores, aromas, sensaciones que el miedo cubre...
En el descubrir constante que es nuestra vida... dejemos el miedo a un costado.
¡Qué no se nos ofenda eh!
Pero el miedo, no es para nosotros.
No existen fenómenos morales, sino una interpretación moral de los fenómenos (Friedrich Nietzche en "Más allá del bien y del mal")
Ser curiosos nos lleva a DEScubrir los colores, aromas, sensaciones que el miedo cubre...
En el descubrir constante que es nuestra vida... dejemos el miedo a un costado.
¡Qué no se nos ofenda eh!
Pero el miedo, no es para nosotros.
No existen fenómenos morales, sino una interpretación moral de los fenómenos (Friedrich Nietzche en "Más allá del bien y del mal")
22.6.10
Viaje Mental
Cada tanto la ciudad agobia. Sobredosis de grises: cemento, humo de colectivos, rostros, paredes, (mal)humores, incluso el tiempo...
Hay que buscar el color, tratar de pensar en los momentos en que nos conectamos con aquello que nos remite a nuestra esencia: la tierra. Sin tierra, no hay vida. No fuimos, no somos ni seremos.
Contemplar lo infinito del mar, lo inmenso de la montaña, nos hace humildes, pequeños, ínfimos. Respiramos otro aire, circula por todo nuestro cuerpo. Una gran bocanada de pureza que se mete y visita (con paz, mucha paz) a nuestras células.
¡Qué lindo!¡Qué lindo!
Así, atesoramos estos instantes en nuestra mente, recordando que en algún momento de nuestras vidas no fuimos nada y fuimos todo.
9.6.10
Del pasado al futuro
Revisando carpetas en la compu me encontré con este cuento que escribí hace unos años... Lo leo y siento una conexión inmediata, como si de alguna manera yo intuía algo...
...
El vestido de terciopelo azul todavía le entraba y con los zapatos que Marina le llevó no tenía más excusas. Isabel recorría la habitación de un lado para el otro mientras se miraba al espejo. Sus senos, envueltos con aquella tela sintética, buscaban un poco de aire fresco. La misma frescura que le faltaba a su rostro, curtido por el tiempo. Sus piernas eternas demostraban el cansancio que arrastraba desde hacia más de tres años, pero lo que realmente asombraba a Isabel era la opacidad de sus ojos. Aquel brillo que la había acompañado casi toda su vida ya no estaba más. Quizá por eso se decidió a salir con Marina a aquella fiesta.
Fumaba Marlboro tras Marlboro en el auto. Hacía más de un mes que su amiga la había invitado a esa reunión para presentarle a un compañero de trabajo y a Isabel le había costado decidirse. No había sido Pedro el mayor obstáculo, todo lo que había habido entre ellos había desaparecido mucho tiempo antes de que se separaran. Ni siquiera sus hijas habían pasado por su mente al momento de decidirse. Incluso Clara y Ana ya le habían insistido que saliera con sus amigas, que pasar las noches de fin de semana en la cama viendo películas no era lo que querían para ella. Nadie entendía que el máximo freno estaba dentro de ella, que lo que había sufrido durante los últimos años mientras veía a la muerte trabajar desde la primera fila había calado hondo en cada parte de su cuerpo. Sin embargo, allí estaba Isabel apagando el cigarrillo con la punta del su zapato, mientras Marina tocaba el timbre del quinto piso en el edificio de Montevideo y Arenales.
Es un poco gracioso no saber el motivo de un festejo ni quién es el anfitrión, pero como ella era una simple acompañante tampoco tenía porqué saberlo. Mientras Marina le iba presentando a sus amigos del trabajo, Isabel ponía su mejor cara y asentía. Solo escuchaba a Ella Fitzgerald y a Louis Armstrong. “¡Cómo le gustaba esto a papi!”, pensó. Al mismo tiempo, veía a la gente mover sus bocas lo más grande posible, gesticular con sus cuerpos: sabía que estaban hablando pero para ella no decían nada. Isabel solo podía escuchar el jazz.
“Todavía no llegó Juan Carlos, él siempre llega tarde pero ya vas a verlo. Te va a encantar, ni bien lo vea te lo presento.”, la interrumpió Marina. Isabel la miró y asintió con la cabeza. Ya las voces y las risotas de aquella gente volvían y la música quedaba como una decoración de fondo. Buscó una copa de champagne y se sentó en uno de los sillones. No supo calcular cuánto tiempo había estado allí, hundida en aquel sillón. Observó todo el cuarto: la comida , si podía llamarse comida ya que eran canapés que quien sabe que salsas tenían o qué era esa cosita verde que se veía por encima de algunos, se paseaban en bandejas por todo el salón. Las mujeres decoradas a rabiar con los vestidos ajustadísimos, la pintura y la laca que las mantenían inmutables, duras. “Bueno, así será la elegancia” pensó Isabel y tomó el último trago de bebida que quedaba en su copa. Los hombres con sus copas de brandy, fumaban cigarros, parados en pose. Seguramente charlaban de esas cosas que no le importan a nadie pero que siempre salen a flote en este tipo de reuniones, solo para pasar el rato y después poder volver a casa y tener a quién criticar durante la semana.
Isabel fue a buscar otra copa. “Ahí estas nena, ¿dónde te habías metido? No te veía por ningún lado. Ya llegó Juanca, dale, vení que te lo presento antes de que lo agarren las otras arpías” le decía Marina mientras la arrastraba del brazo. Isa ya se había olvidado de que su amiga le tenía alguien en vista y que se lo quería presentar. Ella siempre había considerado tan idiota eso de presentar a dos personas. “ X este es Y mi amigo de tal lado. Y este es X mi amiga de la que te hablé”. ¡Qué tontería!, pero ahí estaba paradita enfrente del famoso Juan Carlos mientras Marina decía la típica frasecita.
Sin disimulo, guiñándole un ojo a ambos, Marina se retiró a conversar con otro grupo de personas. Luego de la presentación, Juan Carlos comenzó un monólogo interminable acerca de su trabajo, cómo su jefe lo trataba como un esclavo, que nunca nadie lo había respetado en toda su vida, que su madre lo había obligado a estudiar para ser contador público, que ella era la culpable de todos sus problemas y que si él hubiera tenido una figura paterna fuerte en su vida quizá su jefe no lo estaría tratando como un trapo de piso. Isabel lo miraba, asentía y sonreía de la misma manera que lo venía haciendo durante toda la noche. Cada tanto miraba de reojo la puerta del departamento y cada vez que la veía la puerta crecía. Parecía que la estaban inflando como un globo que en cualquier momento iba a estallar. Isabel comenzó a desesperarse y a mirar a todos en la habitación. Nadie parecía darse cuenta que la puerta en cualquier momento estallaría en pedacitos. Juan Carlos, a quien hacía varios minutos le había dejado de seguir el hilo de la conversación, seguía hablando. Isabel no sabía que hacer para evitar lo inevitable, encima comenzó a sentir que el aire no lograba llenar sus pulmones. “Disculpame, tengo que pasar al toilette en un ratito vuelvo”, lo interrumpió Isabel.
Ya en el baño, se lavó las manos y la cara y pudo comenzar a respirar lentamente. Se miró al espejo y se acordó de su padre. Recordó su infancia junto a él cuando le contaba de su sueño de ser como Holden Caulfield, el protagonista de una famosa novela de Salinger. Su papá siempre le repetía que iba a ser el encargado de evitar que Isabel entrara al mundo de los adultos, los falsos e hipócritas. Mientras vivió pudo hacerlo. Cuando ella lo miraba sus ojos brillaban y sentía que la felicidad pura era posible. Volvía a ser la niña que fue, su bebé. Y lo único que logró separarlos fue la muerte. Y allí estaba Isabel, frente al espejo, dándose cuenta que ese brillo en sus ojos jamás volvería.
Isabel encendió un cigarrillo y dispuso a ponerle la cara, otra vez, al estúpido de Juan Carlos. Después le contaría de él a Marina en el viaje a casa.
Sol Montero, Septiembre 2007
...
El vestido de terciopelo azul todavía le entraba y con los zapatos que Marina le llevó no tenía más excusas. Isabel recorría la habitación de un lado para el otro mientras se miraba al espejo. Sus senos, envueltos con aquella tela sintética, buscaban un poco de aire fresco. La misma frescura que le faltaba a su rostro, curtido por el tiempo. Sus piernas eternas demostraban el cansancio que arrastraba desde hacia más de tres años, pero lo que realmente asombraba a Isabel era la opacidad de sus ojos. Aquel brillo que la había acompañado casi toda su vida ya no estaba más. Quizá por eso se decidió a salir con Marina a aquella fiesta.
Fumaba Marlboro tras Marlboro en el auto. Hacía más de un mes que su amiga la había invitado a esa reunión para presentarle a un compañero de trabajo y a Isabel le había costado decidirse. No había sido Pedro el mayor obstáculo, todo lo que había habido entre ellos había desaparecido mucho tiempo antes de que se separaran. Ni siquiera sus hijas habían pasado por su mente al momento de decidirse. Incluso Clara y Ana ya le habían insistido que saliera con sus amigas, que pasar las noches de fin de semana en la cama viendo películas no era lo que querían para ella. Nadie entendía que el máximo freno estaba dentro de ella, que lo que había sufrido durante los últimos años mientras veía a la muerte trabajar desde la primera fila había calado hondo en cada parte de su cuerpo. Sin embargo, allí estaba Isabel apagando el cigarrillo con la punta del su zapato, mientras Marina tocaba el timbre del quinto piso en el edificio de Montevideo y Arenales.
Es un poco gracioso no saber el motivo de un festejo ni quién es el anfitrión, pero como ella era una simple acompañante tampoco tenía porqué saberlo. Mientras Marina le iba presentando a sus amigos del trabajo, Isabel ponía su mejor cara y asentía. Solo escuchaba a Ella Fitzgerald y a Louis Armstrong. “¡Cómo le gustaba esto a papi!”, pensó. Al mismo tiempo, veía a la gente mover sus bocas lo más grande posible, gesticular con sus cuerpos: sabía que estaban hablando pero para ella no decían nada. Isabel solo podía escuchar el jazz.
“Todavía no llegó Juan Carlos, él siempre llega tarde pero ya vas a verlo. Te va a encantar, ni bien lo vea te lo presento.”, la interrumpió Marina. Isabel la miró y asintió con la cabeza. Ya las voces y las risotas de aquella gente volvían y la música quedaba como una decoración de fondo. Buscó una copa de champagne y se sentó en uno de los sillones. No supo calcular cuánto tiempo había estado allí, hundida en aquel sillón. Observó todo el cuarto: la comida , si podía llamarse comida ya que eran canapés que quien sabe que salsas tenían o qué era esa cosita verde que se veía por encima de algunos, se paseaban en bandejas por todo el salón. Las mujeres decoradas a rabiar con los vestidos ajustadísimos, la pintura y la laca que las mantenían inmutables, duras. “Bueno, así será la elegancia” pensó Isabel y tomó el último trago de bebida que quedaba en su copa. Los hombres con sus copas de brandy, fumaban cigarros, parados en pose. Seguramente charlaban de esas cosas que no le importan a nadie pero que siempre salen a flote en este tipo de reuniones, solo para pasar el rato y después poder volver a casa y tener a quién criticar durante la semana.
Isabel fue a buscar otra copa. “Ahí estas nena, ¿dónde te habías metido? No te veía por ningún lado. Ya llegó Juanca, dale, vení que te lo presento antes de que lo agarren las otras arpías” le decía Marina mientras la arrastraba del brazo. Isa ya se había olvidado de que su amiga le tenía alguien en vista y que se lo quería presentar. Ella siempre había considerado tan idiota eso de presentar a dos personas. “ X este es Y mi amigo de tal lado. Y este es X mi amiga de la que te hablé”. ¡Qué tontería!, pero ahí estaba paradita enfrente del famoso Juan Carlos mientras Marina decía la típica frasecita.
Sin disimulo, guiñándole un ojo a ambos, Marina se retiró a conversar con otro grupo de personas. Luego de la presentación, Juan Carlos comenzó un monólogo interminable acerca de su trabajo, cómo su jefe lo trataba como un esclavo, que nunca nadie lo había respetado en toda su vida, que su madre lo había obligado a estudiar para ser contador público, que ella era la culpable de todos sus problemas y que si él hubiera tenido una figura paterna fuerte en su vida quizá su jefe no lo estaría tratando como un trapo de piso. Isabel lo miraba, asentía y sonreía de la misma manera que lo venía haciendo durante toda la noche. Cada tanto miraba de reojo la puerta del departamento y cada vez que la veía la puerta crecía. Parecía que la estaban inflando como un globo que en cualquier momento iba a estallar. Isabel comenzó a desesperarse y a mirar a todos en la habitación. Nadie parecía darse cuenta que la puerta en cualquier momento estallaría en pedacitos. Juan Carlos, a quien hacía varios minutos le había dejado de seguir el hilo de la conversación, seguía hablando. Isabel no sabía que hacer para evitar lo inevitable, encima comenzó a sentir que el aire no lograba llenar sus pulmones. “Disculpame, tengo que pasar al toilette en un ratito vuelvo”, lo interrumpió Isabel.
Ya en el baño, se lavó las manos y la cara y pudo comenzar a respirar lentamente. Se miró al espejo y se acordó de su padre. Recordó su infancia junto a él cuando le contaba de su sueño de ser como Holden Caulfield, el protagonista de una famosa novela de Salinger. Su papá siempre le repetía que iba a ser el encargado de evitar que Isabel entrara al mundo de los adultos, los falsos e hipócritas. Mientras vivió pudo hacerlo. Cuando ella lo miraba sus ojos brillaban y sentía que la felicidad pura era posible. Volvía a ser la niña que fue, su bebé. Y lo único que logró separarlos fue la muerte. Y allí estaba Isabel, frente al espejo, dándose cuenta que ese brillo en sus ojos jamás volvería.
Isabel encendió un cigarrillo y dispuso a ponerle la cara, otra vez, al estúpido de Juan Carlos. Después le contaría de él a Marina en el viaje a casa.
Sol Montero, Septiembre 2007
8.6.10
El comienzo...
Comunicarse implica compartir un pedacito del alma.
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...
Nos pasamos la vida comunicando. Ponemos en contacto nuestra esencia con esencias de otras personas. Y vivimos.
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